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La senda de los Justos

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LA SENDA DE LOS JUSTOS

 

El caminar del cristiano tiene etapas que dan cuenta de una progresión ininterrumpida. He aquí la identificación de algunas de ellas a la luz de la epístola a los Romanos.

 

 “Mas la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Proverbios 4:18).

El apóstol Pablo nos dice que quienes viven en el Nuevo Pacto son transformados de gloria en gloria en la imagen misma del Señor (2 Cor. 3:18). En otra parte nos exhorta a estar firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre (1 Cor. 15:58). También enseña que el creyente debe dejar de ser niño y crecer hacia la estatura del varón perfecto (Ef. 4:14). Así también, Proverbios nos muestra que la senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto.

El punto de partida

En la epístola de Pablo a los Romanos, encontramos al hombre en su condición más baja, luego le vemos más que vencedor y termina con un Cuerpo de creyentes que unánimes glorifican a Dios (Rom.15:6).

Romanos 1:29 dice: “Estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, ...”. Así ve Dios al hombre, lleno de pecado.

Vamos ahora a Romanos 3:24 “...Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús...”. Dios intervino por amor enviando a su Hijo al mundo para salvarnos. El evangelio nos fue predicado y creímos. ¡Bendito milagro de Dios: este hombre pecador ahora está justificado ante El!

Bienaventurado el hombre que llegó a este punto. Si alguien ha dado por lo menos este paso, dé gracias al Señor por ello (Rom. 4:7)

Ahora avanzamos al capítulo 5:“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz... (Rom. 5:1-2). Este hombre, antes atestado de maldad, ahora tiene paz. No tenía ninguna comunión con Dios, ahora tiene entrada por la fe, ¡y está firme! Tiene la esperanza de la gloria de Dios. “Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (v. 5). No teníamos el Espíritu Santo, hoy lo tenemos. El amor de Dios ya nos inunda. Es así como vamos avanzando, vemos algo más y nos apropiamos de ello.

En el resto del capítulo 5 se nos dice que estamos justificados y establecidos en Cristo. Hemos salido de Adán y estamos posicionados firmemente en Cristo.

Quienes en su experiencia han llegado sólo hasta el capítulo 5 de Romanos, han conocido básicamente dos aspectos de la vida cristiana, esto es: la limpieza de sus pecados por la sangre de Cristo y su posición en Cristo. Necesitamos avanzar ahora. ¿Qué más tiene el Señor para nosotros?

Los tratos con el creyente

En Romanos 6 y 7, veremos que Dios en Cristo trató con la persona del creyente, no sólo con sus hechos. “Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él" (Rom. 6:7-8). Aquí, nuestra muerte en Cristo está relacionada con el pecado, y en el capítulo 7 lo está con la ley : “Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios”. “Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos... (Rom7:4,6) El Señor no sólo nos lava de nuestros pecados, sino que trata con nosotros mismos. Por tanto, para avanzar en este camino, hemos de apropiarnos de la obra de la cruz.

Nuestro precioso Señor Jesucristo murió en la cruz para que su muerte fuese también nuestra muerte.
Hasta el capítulo 5, usted no tiene ningún problema, porque todas las cosas están en el plano de la fe en la sangre de Cristo y en la justicia imputada; es decir, somos declarados justos, el Padre nos traslada de Adán a Cristo, sin que hagamos nada, ¡sólo creemos y todo es nuestro!

Pero cuando todavía luchamos, y el pecado, la santidad, y la ley siguen siendo un problema, y no logramos reflejar la gloria del Señor, entonces estamos sólo a mitad de camino. Me apresuro a declarar que no hay recetas mágicas para la victoria del cristiano. No nos transformamos en hombres espirituales simplemento porque algún gran líder nos impuso las manos.

Que el Señor nos socorra para entender su Palabra y también nuestras crisis como creyentes. ¿Por qué unos avanzan y otros no? ¿Por qué hay algunos hermanos que, al verlos después de un tiempo, les encontramos promovidos, crecidos y fortalecidos, mientras otros tantos permanecen estancados? Así nos ve el Señor, y la iglesia sufre. Buscamos una salida u otra, pero el Señor no tiene otra salida: sólo tiene la cruz.

Es imprescindible que nos veamos en Cristo, muertos al pecado y muertos a la ley. El pecado es todo aquello que no tenemos que hacer y la ley aquí representa todo aquello que sí debemos hacer para agradar a Dios. Ahora ¿porqué la salvación de Dios en Cristo incluye nuestra muerte en ambos sentidos ya mencionados? La respuesta es simple: Dios nos conoce muy bien. A causa de la caída, el hombre conoció el mal, pero no pudo evitarlo, conoció también el bien, pero no pudo hacerlo. Ahora bien, la salvación del hombre debía imperiosamente solucionar tal problema y eso precisamente es lo que se logró con la muerte y resurrección de nuestro Señor.

Muertos al pecado y muertos a la ley ¿Cuesta mucho comprenderlo? Al parecer sí, sobretodo cuando aun confiamos que con “nuestras fuerzas” podremos vencer el pecado y cumplir la santa ley de Dios, entonces nos sobrevendrá el mismo conflicto interior que Pablo relata en el resto del capítulo 7.

Una crisis inevitable

Aquí hay una crisis personal tuya y mía que es absolutamente inevitable, un gran dolor se produce cuando me encuentro enfrentado a mi propia realidad. Entonces llego a esta conclusión: “En mí no mora el bien”. ¡Bienaventurado el hermano que, guiado por el Espíritu Santo, llega a decir esto! ¡Está avanzando hacia la madurez! En cambio, cada vez que tú te alabas y exhibes tus bondades y defiendes tus buenas intenciones, en realidad, estás sólo intentando justificar tu carne; estás creyendo que no eres como el hombre de Romanos 7, que algo bueno mora en ti y, por tanto, te rehúsas morir. Tu “yo” queda intacto. Tal vez llevas años soslayando la cruz y esa sea la razón de tu estancamiento espiritual. Cristo no tiene expresión en tu vida, sólo apareces tú, con tus bondades y defectos, pero no Cristo. Por tanto, no hay crecimiento espiritual y los fracasos y las frustraciones anulan tu testimonio como hijo de Dios.

Muchos cristianos rehúsan la cruz; ellos no quieren morir. Su experiencia no pasa de Romanos 5. Sus pecados han sido perdonados, pero el “hombre pecador”, el autor de las injusticias, sigue en pie, firme en su opinión (que no es la de Cristo). Para comenzar a ser espirituales, crecidos en Cristo, el Espíritu Santo tiene que llevarnos a la experiencia de que “en nosotros no mora el bien”. Tenemos que llegar al punto en que evaluemos muy claramente nuestra realidad: todavía estamos ¡demasiado vivos! Esta crisis es inevitable. Es un conflicto con uno mismo.

En la vida de Job, hay dos escenas que ilustran esta crisis. Antes de su quebranto, él decía: “Si anduve con mentira, y si mi pie se apresuró a engaño, péseme Dios en balanza de justicia y conocerá mi integridad” (Job 31:5-6). Pero al final, cuando el hombre se ve en luz de Dios, exclama: “Me aborrezco, me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:6).

La gloriosa realidad de Romanos 8

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús...” (Rom. 8:1). “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (8:6)

¡Ay de mí, si justifico mi carne! El Señor me alcanzará, el Espíritu del Señor la tocará igualmente, y el conflicto con mi “yo” se va a producir, ya sea en la casa, en la iglesia, en el trabajo, o bien frente a una tentación. Amados hermanos, esto es más serio de lo que imaginamos. Porque si somos cristianos carnales vamos a caer, las tentaciones nos vencerán y seremos una fuente de continuo conflicto para cuantos nos rodean.

Fíjense en un detalle. Aquí dice: “El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios” (Rom. 8:16). En Romanos capítulo 3 no se menciona el “espíritu” del hombre. Recién aquí aparece en funcionamiento el espíritu del creyente, recién hay una obra profunda en su interior. En Romanos 7 todavía estamos al nivel del “alma” solamente, porque el “yo” es mi alma, lo que es esencialmente la personalidad del hombre. Allí es donde se generan todos los conflictos. Para agradar el corazón de Dios, no bastan los recursos de “mi alma”, esto es “de mi carne” (es muy claro en el NT que estas alusiones a la ‘carne’ no se refieren el cuerpo físico).

¡Bendita liberación fue la que operó entonces la cruz de Cristo! Mi alma tenía básicamente dos problemas tremendos: el pecado que no podía evitar y la ley que no podía cumplir. Al descubrir esto, Pablo exclama: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” . Este juicio de sí mismo es lo que resulta de la operación subjetiva de la cruz. De ahora en adelante, mi “yo” comenzará a retroceder (esta es su muerte); ya no tomará la iniciativa contra el pecado (porque es impotente), ni se apresurará a prometer el cumplimiento de las demandas de la ley de Dios (porque no puede cumplirlas). Ahora clama para que “Alguien” lo libre, y entonces comienza a descubrir que ese “Alguien” es Cristo mismo, que ya le libró del pecado y de la ley al incluirnos en su crucifixión.

Ahora comienza a manifestarse el “espíritu del hombre creyente”. Hasta aquí estuvo oprimido por la soberbia del alma; ahora el Espíritu Santo tendrá libertad para darle testimonio de la voluntad de Dios. Comenzará a vivir por el Espíritu, y a ser fortalecido con poder (Efesios 3:16). Recién aparece el hombre espiritual que tanto anhelamos ser, y que Pablo menciona en 1 Cor. 2:15. La carne ha comenzado a ceder terreno al espíritu, el cual, en comunión con el Espíritu de Dios, conducirá al creyente a todas las glorias del Nuevo Pacto.

Amados hermanos, que no parezca que ser cristiano es llevar una vida de privaciones y restricciones, y eso sea todo lo que se vea. Es verdad que nos privamos y restringimos (esto es, en lo que concierne a la vida vieja), ¡pero la libertad gloriosa de los hijos de Dios es mayor! Somos libres del pecado, amamos a los hermanos, podemos predicar el evangelio, servimos a Dios, en fin, vivir la vida de Cristo es nuestro más bendito privilegio.

Y para lograr esa plenitud, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad. Notemos que en Romanos 8:26 no aparece un súper hombre, sino que dice: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad...”. Aquí descubrimos que las personas espirituales son débiles. Y en esa debilidad, se aferran del que los ayuda, y si han llegado a ser más que vencedores, no será por mérito propio, sino por Aquel que les amó.

Cuando nuestro espíritu entra en funciones, inspirado y fortalecido por el Espíritu de Dios, ¡cómo nos entendemos, cómo nos amamos! Entonces subimos de plano; ya no andamos en las envidias y disensiones de la carne (Gálatas 5:20), sino en la gloriosa comunión de Romanos 12:3-5, donde vemos, no ya a un individuo victorioso, sino a todo el Cuerpo de Cristo funcionando armónicamente. Y finalmente, como dice Romanos 15:6, unánimes, a una voz, glorificaremos al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Que así sea

 

 


OYENTE

En nuestro estudio de la naturaleza de la salvación, debemos comenzar con un conocimiento de lo que el hombre es. La Biblia enseña que el hombre fue creado para adorar y servir a Dios. La Biblia también enseña que los hombres de su propia voluntad se han rebelado contra Dios y nunca desearán acercarse a Él. Por tanto, a causa de que es el deseo de Dios tener un pueblo para Sí mismo, Dios soberanamente escogió los individuos a quienes El planeó salvar.

En el principio, vemos en Génesis 1:26-27 que el hombre fue creado a la imagen de Dios. El ser creado a la imagen de Dios incluyó el hecho de que el hombre, o Adán, amó la justicia y la verdad porque Dios ama la justicia y la verdad. Además, Adán pudo escoger el obedecer o no obedecer a Dios. El era libre de obedecer a Dios voluntariamente porque el deseo estaba inherente en él como parte de la imagen de Dios. Así, él quedó delante de Dios como criatura responsable sujeto a responder por sus acciones. El fue advertido que llevaría sobre sí las consecuencias de la desobediencia en Génesis 2:17: "Mas del árbol
de ciencia del bien y del mal no comerás de él; porque el día que de él comieres, morirás".

Los resultados de su desobediencia son bien conocidas: La humanidad fué

sentenciada a muerte, muerte física y muerte espiritual. La muerte espiritual es la separación eterna de Dios; es decir, por su desobediencia, el hombre sufrirá eternamente la ira de Dios en el infierno.

El impacto del pecado inicial del hombre fue tan terrible que la misma naturaleza del hombre fue corrompida y la desobediencia a Dios vino a ser la norma. Como un adúltero quien insensata y estúpidamente vuelve una y otra vez a la ramera, así el hombre continúa desobedeciendo a Dios. El pecado de Adán fue de tan enorme alcance que la raza humana en su totalidad, que provino de Adán y de la cual Adán fue la cabeza, permanece en esta corrupción terrible. "De consiguiente, vino la reconciliación por uno, así como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, y la muerte así pasó á
todos los hombres, pues que todos pecaron" (Romanos 5:12).

En I de Juan 3:8 leemos, "El que hace pecado, es del diablo". En Colosenses 1:13 Dios declara que cuando El nos salva, El "nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo".

En la parábola del trigo y la cizaña, Jesús nos informa en Mateo 13:38 que, "la cizaña son los hijos del malo". La esclavitud del pecado es descrita por el lenguaje usado en Romanos 6:16, donde Dios advierte, "¿No sabéis que a quien prestáis vosotros mismos por siervos para obedecerle, sois siervos de aquél a quien obedecéis?"

La naturaleza del hombre es el estar en constante rebelión contra Dios, y a causa de la enemistad del hombre hacia Dios, la maldición terrible de la ira de Dios continúa pendiendo sobre él. Satanás venció al hombre en el jardín del Edén, y el hombre se convirtió en esclavo dentro del dominio del pecado y oscuridad espiritual, que es gobernado por Satanás.

¿Es el Hombre responsable por sus Pecados?

Preguntas de suma importancia deben ser ahora enfrentadas: ¿La corrupción de la naturaleza del hombre y su esclavitud bajo Satanás, lo cual produce una condenación siempre en ascenso de la humanidad, minimizó o redujo la demanda de Dios de que el hombre sea sin pecado? ¿Llegó a ser el hombre en algún sentido tan impotente en su pecado que Dios no pudo ya considerarlo como responsable? Las respuestas a esas preguntas resolverán la aparente paradoja de la benevolente oferta de salvación de Dios a todos los hombres y el decreto electivo de Dios por medio del cual solamente los elegidos de Dios serán salvos.

La respuesta a la pregunta de la responsabilidad ininterrumpida del hombre después de la caída se encuentra en la razón de su condición desesperada de esclavitud bajo el pecado y Satanás. Esta situación horrible no resultó de un antojo o capricho del destino; no resultó tampoco de Dios estallando en ira irracional sobre el hombre por la desobediencia. La condición es totalmente el resultado de las propias acciones del hombre.

Dios creó al hombre bueno, con toda bendición imaginable; y por motivo de que fue creado a la imagen de Dios, él era totalmente responsable de las consecuencias de su desobediencia. De esta manera, el hecho de que la misma naturaleza del hombre llegó a corromperse y que se convirtió en un esclavo de Satanás no disminuyó su responsabilidad delante de Dios por sus pecados. Hasta el presente día, el hombre continúa siendo responsable a Dios por sus acciones porque el hombre todavía es creado a la imagen de Dios, no importando cuán destrozada esa imagen pueda estar.

No nos sorprende leer que en el juicio, el hombre deberá rendir cuenta de todas sus obras a Dios. Mateo 12:36 dice, "Mas yo os digo, que toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio". Romanos 2:5,6 declara:

"Mas por tu dureza, y por tu corazón no arrepentido, atesoras para tí mismo ira para el día de la ira y de la manifestación del justo juicio de Dios; el cual pagará a cada uno conforme a sus obras".

Dios enfatiza que debe presentarse una respuesta. Romanos 14:10b-12 establece claramente que:
"Porque todos hemos de estar ante el tribunal de Cristo. Porque escrito está: Vivo yo, dice el Señor, que a mí se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios. De manera que, cada uno de nosotros dará a Dios razón de sí".

II de Corintios 5:10 nos dice que:

"Es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que hubiere hecho por medio del cuerpo, ora sea bueno o malo".
Leemos en Apocalipsis 20 que en el trono del Juicio Cristo tendrá registrado todos los hechos de aquellos que comparecerán allí, y habrán de responder a Dios por sus hechos. Apocalipsis 20:12 declara:

"Y ví los muertos, grandes y pequeños, que estaban delante de Dios; y los libros fueron abiertos; y otro libro fue abierto, el cual es de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras"

Dios repetidamente enseña en la Biblia que el hombre debe responder por sus pecados. Por ejemplo, considere las palabras de Jesús en Lucas 13:34:

"¡Jerusalén, Jerusalén! que matas á los profetas, y apedreas á los que son enviados á ti, ¡cuántas veces quise juntar tus hijos, como la gallina sus pollos debajo de sus alas, y no quisiste! (Vea también Mateo 21:23-41 y 23:29-39)

En estos pasajes, Cristo habla a personas responsables que son creadas a la imagen de Dios; El no las rebaja diciéndoles que no son tenidas por responsables. Su declaración es que son completamente responsables por su rechazo de las propuestas de gracia hechas por Dios. Realmente, es más que una oferta; es un mandato de Dios a la raza humana de arrepentirse de sus pecados y tornarse a Cristo para salvación (Juan 6:29, Hechos 17:30, I de Juan 3:18-24).

Así, la Biblia da amplia evidencia de que la humanidad es totalmente responsable a Dios por sus acciones. Aunque toda la raza humana está en completa rebelión contra Dios, todos y cada uno de los seres humanos permanecen responsables delante de Dios.
Dios se manifiesta a Sí mismo al hombre.

En tanto que todo ser humano está en en el terrible apuro de ser responsable por sus pecados, Dios se acerca con Su benevolente oferta de salvación. En primer lugar, El da al hombre suficiente evidencia de que Dios existe. Por el hecho de situar al hombre en una creación que está llena con maravillas incomprensibles, el hombre no puede escapar del conocimiento de que solamente un ser infinito podría haber traído todo esto a la existencia. Las estrellas, el bebé recién nacido, la rosa fragante - desde la más diminuta criatura hasta el universo - todos testifican del poder de Dios (Salmo 19:1, Romanos 1:18-23). Además, Dios muestra al hombre que El es un Dios misericordioso y amante que provee la benigna luz solar y las estaciones fértiles (Hechos 14:17, Romanos 2:4).

Por otra parte, por el hecho de que el hombre fue creado a la imagen de Dios, hay un testimonio dentro de él. Intuitivamente el hombre sabe que el asesinato, el adulterio, y el robar son pecados porque hasta cierto grado la ley de Dios está escrita en su corazón (Romanos 2:14-15). Por intuición él sabe que el juicio se aproxima y que él debe dar cuenta por sus pecados (Romanos 1:32).

La reacción del hombre a las evidencias de la existencia de Dios, su reacción a las bondades de Dios (las cuales tan a menudo él las toma por sentadas), y su reacción al conocimiento de que es un pecador que será juzgado por sus pecados, es una mayor rebelión contra Dios. Pero el hombre ha pecado y el hombre debe cargar las consecuencias totales de sus acciones.

Finalmente, Dios se acerca con Su oferta suprema de amor. Dios ha esbozado esto totalmente en la maravillosa declaración escrita de Su voluntad, la Biblia. El hace pacto con el hombre de que si éste se acoge a las misericordias de Dios, si se arrepiente de sus pecados y confía su voluntad a Cristo como Señor, si pone su confianza en Cristo como Salvador para que Dios perdone sus pecados, Dios lo hará Su hijo y le dará vida eterna. Dios lo libertará de la esclavitud bajo Satanás y lo hará un ciudadano del reino de Dios. Juan 3:16 dice: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquél que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna".
Para hacer posible la oferta de vida eterna, Dios tuvo que hacer un enorme sacrificio.
El fue requerido proveer satisfacción completa del precio demandado por el decreto divino que establece que "la paga del pecado es muerte" (Romanos 6:23) para toda persona que acepte la bondadosa oferta de salvación. El precio fue pagado por Dios mismo cuando vino como el Dios-hombre, Jesucristo, a soportar la ira de Dios a favor de aquellos que habrían de confiar en la oferta de salvación de Dios.

Si diez hombres de toda la raza humana creyesen en Cristo como sustituto por sus pecados, los sufrimientos de Cristo hubieran sido equivalentes al castigo merecido por esos diez hombres. Si un millón de personas confiasen en la oferta de reconciliación, los sufrimientos de Cristo hubieran sido iguales a una eternidad en el infierno por un millón de personas. Cristo obedientemente
soportó la ira de Dios en nombre del número exacto de personas que se tornan a Dios y a su oferta de salvación; es solamente de esta manera que la justicia santa de Dios puede ser completamente satisfecha (Romanos 3:24-26, Romanos 5:8-9, Romanos 5:21).

Ningún hombre aceptará la oferta de Dios de Salvación. El hombre en su perversidad - en la corrupción de pecado que envuelve todo su ser - no aceptará la maravillosa oferta de Dios. El no será obediente al mandato de Dios de arrepentirse por sus pecados y creer en Cristo. Su enemistad natural hacia Dios, su lealtad inconsciente a Satanás, y su placer en sus pecados, todo obra junto para estimularlo a ignorar, despreciar, o ridiculizar la oferta.

La oferta de Dios es clara, sin escondrijos; es dada al hombre, quien fue creado a la imagen de Dios, a efecto de que el hombre pueda pensar los pensamientos de Dios como son, amar a Dios, adorar a Dios, y tener compañerismo eternamente con El. El hecho de que el hombre voluntariamente desobediente ha llegado a ser totalmente un esclavo corrupto de Satanás no disminuye o en sentido alguno invalida la bondadosa y maravillosa intención de la oferta de Dios de salvación. El hombre todavía es responsable delante de Dios. El hecho de que ni siquiera un hombre llegase a ser obediente a la oferta de Dios no hace la oferta menos bondadosa o la hace menos oferta de amor.

La oferta del amor de Dios, la cual es el Evangelio, con su mandato a la humanidad de creer en Cristo, debe ser manifestada a todo el mundo, pero ningún hombre de su propia voluntad reaccionará a ella. Más bien, codicia el pecado y hace todo lo que puede hacer para hacerla callar y rechazarla. La ausencia de vida en el hombre está sucintamente bosquejada en Romanos
3:10-20 y Efesios 2:1-3. Leemos en Romanos 3:11, "No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios". El hombre está tan espiritualmente muerto como Lázaro lo estaba físicamente muerto después de que su cuerpo se había corrompido en la tumba por cuatro días. No es sorpresa que la Biblia declare en Juan 6:44, "Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere". Ningún hombre es capaz de venir porque todo hombre está muerto espiritualmente

Dios salvará a un Pueblo para Sí mismo.

Dios no queda frustrado en Su deseo de tener un pueblo redimido. El hombre no reaccionará de su propia voluntad a la bondadosa oferta y mandato de Dios de salvación, pero Dios desciende hasta el cieno y miseria del pecado humano para
salvar a un pueblo para Sí mismo (Juan 6:37). Dios llevará hacia Sí mismo a tantas personas como El quiera llevar, y tomará precisamente a aquellas personas que El quiere tomar; El es el Redentor. El edificará Su iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Un ejemplo de las bellas descripciones del plan de Dios para salvación puede leerse en Ezequiel 34:11-16.

Antes de que Dios creara el mundo, en rectitud y justicia soberana, El escogió a aquellos que El salvaría (Efesios 1:4). La gente que El escogió no ha de ser salva porque sean en alguna manera, o en grado alguno, más santos o más dignos de salvación que aquellos que permanecen sin ser salvos; más bien, es totalmente la voluntad soberana de Dios de que El salvará a uno por gracia y dejará a otro bajo Su ira (Romanos 9:11-15).

Dios debe pagar, para aquellos a quienes El salva, el precio requerido por Su justicia perfecta. Así que Jesús se hizo pecado. El cargó sobre Sí mismo los pecados de todos aquellos que Dios, en Su gracia electiva, planeó salvar. Basados en la declaración de Dios en Juan 3:16, de que "todo aquel que en El cree, no se pierda, mas tenga vida eterna", podríamos declarar que Cristo estaba preparado para pagar los pecados de cualquiera en el mundo que a través del tiempo se habría de volver a Dios en fe y aceptaría la oferta de perdón. La verdad es, que esto significa que en todo el mundo Cristo es el único posible sustituto por los pecados. El pagó el precio por todos los que creen. Este principio está ciertamente sugerido por la promesa de I de Juan 1:9, que proclama, "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad".

Por cierto, Cristo murió sólo por aquellos que fueron elegidos de Dios, porque solamente los elegidos obedecerán el mandato de Dios de creer en Cristo: Esto incluye a los creyentes del Antiguo Testamento y a cada uno los que vendrán a creer en el transcurso hasta el fin del tiempo. Esta verdad es ciertamente evidente en la declaración del ángel a José en Mateo 1:21, "Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". La frase "Su pueblo" no puede referirse a toda la raza humana. Si así fuera, doble riesgo ocurriría, ya que la Biblia claramente enseña que los no salvos deben
pagar por todos sus pecados (Apocalipsis 20:12-15).

Cristo murió por aquellos que creen pero ninguno de ellos creyó de su propia voluntad. Solamente porque Dios inclinó sus voluntades y abrió sus ojos ellos reaccionaron al Evangelio. La intervención bondadosa de Dios ocurre solamente en las vidas de Sus elegidos. Dios irresistiblemente los atrae hacia Sí mismo (Juan 6:37,44). Ellos fueron dados a Cristo por el Padre (Juan 6:37,39, Juan 17:9,20); ellos fueron nacidos no de voluntad de hombre, sino de Dios (Juan 1:13).

Por tanto, mientras que en principio la expiación está disponible para todos y cada uno de los individuos en el mundo, en realidad la expiación cubre solamente los pecados de los elegidos, porque solamente los elegidos creerán en El. Lázaro estaba muerto y reaccionó al mandato de Jesús de salir de la tumba porque con la orden, Cristo lo capacitó para salir al darle oídos
para oír, vida para reaccionar, y la voluntad para obedecer (Juan 11:43-44). Del mismo modo, Dios capacita a los muertos espiritualmente a fin de que puedan reaccionar al llamado del Evangelio.

Lastimosamente, la Biblia declara que el resto de la humanidad permanece bajo la ira de Dios. Cuando Cristo fue a la cruz a pagar los pecados, El estaba listo a pagar por todo aquel que confiase en Cristo como su Salvador. Jesús no pagó el castigo de aquellos que no reaccionarían obedientemente al mandato de salvación de Dios. Por tanto, ellos deberán comparecer delante del trono del juicio de Dios por sí mismos al final del tiempo. Dios declara en Romanos 1:18: "Porque manifiesta es la ira del Dios del cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres", y en Romanos 2:8-9:

"Mas á los que son contenciosos, y no obedecen á la verdad, antes obedecen á la injusticia, enojo é ira; Tribulación y angustia sobre toda persona humana que obra lo malo, el Judío primeramente, y también el Griego".

Dios de manera amenazadora decreta en Romanos 2:5:

"Mas por tu dureza, y por tu corazón no arrepentido, atesoras para tí mismo ira para el día de la ira y de la manifestación del justo juicio de Dios"

En Apocalipsis 20:12-13 leemos:

"Y vi los muertos, grandes y pequeños, que estaban delante de Dios; y los libros fueron abiertos; y otro libro fué abierto, el cual es de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.

Y el mar dió los muertos que estaban en él; y la muerte y el infierno dieron los muertos que estaban en ellos; y fué hecho juicio de cada uno según sus obras"
Si sus pecados hubieran sido pagados, ellos no tendrían que haber comparecido en el Juicio para responder a Dios por todos los pecados que cometieron. La ira de Dios nunca podría haber venido sobre ellos, porque tal condenación, después de Cristo haber pagado sus pecados, sería doble riesgo y violación de la justicia perfecta de Dios. Cualquiera puede ser Salvo
¿Quién entonces puede ser salvo? Cualquiera que rinda su vida por la fe a Cristo como Salvador y Señor. Ni una tan sola persona que alguna vez con toda sinceridad buscó a Jesús será echada fuera. Nadie en el trono del Juicio de Dios en el último día podrá argumentar que buscó sinceramente la salvación. Aunque quizá buscó salvación, no pudo haber sido la salvación de la Biblia; debe haber sido una salvación ideada por su propia imaginación. Nadie que haya seguido la prescripción bíblica de un corazón contrito y humillado, que es el principio de la verdadera salvación, comparecerá delante del trono del Juicio.

Sorprendentemente, cualquiera puede saber que es uno de los elegidos de Dios por medio del arrepentimiento de sus pecados y haciendo depender su vida entera en Jesús. Dios advierte al hombre que haga firme su vocación y elección. Si alguno en confianza semejante a la de un niño y sin reservas se vuelve a Cristo, tiene pruebas de que es uno de los elegidos de Dios.

Después de que se haya tornado en obediencia a Dios y sepa que es nacido de lo alto, descubrirá en la incomparable Palabra de Dios que su salvación fue toda por gracia (Efesios 2:4-10). El conocerá que su salvación fue totalmente la obra de Dios, y que si Dios lo hubiese dejado sólo, él nunca podría haberse tornado a El.

El hecho de que el Padre decidió salvar a algunos y dejar que el resto vaya al infierno por sus pecados es asunto de Dios (Romanos 9:14-23, Efesios 1:4-5). Dios es el Creador y Redentor soberano, quien se glorifica por la salvación de los que creen (Efesios 1:6). El también es alabado por la ira del hombre (Salmo 76:10).

Lo verdaderamente asombroso no es que El no salvará a todos, sino lo verdaderamente maravilloso es que El haya salvado tan siquiera a uno de la raza humana. El hecho de que El salvó una vasta compañía de creyentes de toda nación y tribu y pueblo demuestra amor benevolente y condescendiente que hombre alguno comprenderá jamás. No necesitamos comprender para saber que es posible porque Dios nos dice en Isaías 55:8: "Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová".

Dios se acerca a la humanidad con una benevolente oferta de salvación para cualquiera que se acerque al Señor Jesucristo. En efecto, es más que una oferta - es un mandato de creer en Jesús como Salvador. Nuestra salvación puede ser lograda solamente por medio de Jesús porque alguien tiene que pagar nuestros pecados y Jesús es el único que pudo ser nuestro substituto y pagar el precio.

A causa de que el hombre es desesperadamente malo (Jeremías 17:9) y está muerto en sus pecados (Romanos 3:10-20), él no quiere aceptar la oferta de salvación de Dios; él no quiere obedecer el mandato de creer en el Señor Jesucristo y confiar en El como Salvador. El hombre rechaza rendir su voluntad a Dios; en la dureza de su corazón, él sigue su propio camino. La Biblia tristemente nos declara en Romanos 3:11, "No hay quien busque a Dios".

Aunque el hombre está muerto en sus pecados él continúa siendo responsable delante de Dios. A pesar de su ceguera espiritual y del hecho de que es un esclavo del pecado y de Satanás, él enfrentará a Dios en el trono del Juicio y responderá por todos sus pecados.

Dios, en Su voluntad y misericordia soberanas, declara en Mateo 16:18, "Yo edificaré mi iglesia". Es el propósito de Dios tener un pueblo para Sí mismo aún si ninguno escoge voluntariamente creer en Cristo como Salvador. Antes de la fundación de la tierra, Dios nombró aquellos a quienes El salvaría, y El atrae a Sí mismo a esa gente. El les abre sus ojos espirituales y ellos reaccionan a la oferta del Evangelio y vienen a ser salvos.

La respuesta a la pregunta, "¿Puede alguno ser salvo?", es "Sí. Cualquiera puede ser salvo si reacciona al Evangelio". Sin embargo, las únicas personas que reaccionarán en submisión a la Palabra de Dios, la Biblia, y seguirán obedientemente el programa de Dios para salvación son aquellas a quienes Dios atrae a Sí mismo. Ni una tan sola persona que enfrente el infierno
en el trono del Juicio podrá decir, "Yo quería ser salvo bajo las condiciones de Dios pero no soy salvo porque no soy uno de los elegidos de Dios". Cualquiera que enfrente el juicio y el infierno estará allí porque no quiso el programa de salvación de Dios. El pudo haber deseado la salvación en sus propios términos, pero no quiso la salvación de Dios, y por lo tanto tiene que responder por todos sus pecados.

El Plan Electivo de Dios

Continuaremos nuestro estudio de la salvación en cuanto a su relación con la predestinación y el programa electivo de Dios. El bosquejo que seguiremos es el acrónimo TULIP, que ha sido usado por la iglesia y luce de esta forma:


CREYENTE

El Señor Jesucristo dijo: "Os es necesario nacer de nuevo" (Jn 3:7), y quisiera referirme a este tan importante asunto, y a las dos naturalezas en el creyente, y a qué se debe que el creyente peque. La Biblia nos da la explicación. Es una bendición para nosotros saber que Dios no sólo ha perdonado nuestros pecados, sino que también nos ha traído a una nueva posición delante de Él. La Escritura nos explica lo que Él ha hecho en relación con aquella vieja naturaleza pecaminosa que todos recibimos por nuestro nacimiento natural, y cómo Él nos ha dado una nueva naturaleza con nuevos deseos, a fin de que podamos caminar delante de Él en santa libertad.

Hay mucho en el tercer capítulo de Juan acerca de la necesidad de este nuevo nacimiento. Hoy día hay muchos que consideran el nuevo nacimiento como una especie de cambio que tiene lugar en la vida de uno, lo que ellos llaman una experiencia cristiana cuando uno cambia su manera de vivir. Pero cuando la Biblia habla del nuevo nacimiento es debido a que Dios verdaderamente da una nueva vida al que cree en el Señor Jesús. No se trata de un mejoramiento de la vieja, sino una de nueva --nacida de lo alto. Esto es lo que el Señor estaba exponiéndole a Nicodemo. El nuevo nacimiento es tener una nueva vida proviniente de Dios, y veremos también que la vida que Dios da es la vida de Cristo. Y la da al que cree. Naturalmente, el resultado será un cambio, debido a que la nueva vida quiere agradar a Dios.

Nicodemo acudió al Señor con el pensamiento de que recibiría alguna enseñanza. Y desde luego el Señor Jesús es y era un maestro maravilloso, pero lo que el pecador necesita primero de todo es recibir nueva vida, y así el Señor le contestó: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios". El hombre tenía enseñanza bajo la ley, por cuanto "la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno" (Romanos 7:12). Todos estos preceptos dados al hombre en el Antiguo Testamento provenían de Dios. Pero no daban una nueva vida, porque la Escritura dice: "si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley" (Gálatas 3:21). Otro versículo dice: "¡Quién diera que tuviesen tal corazón, que me temiesen y guardasen todos los días todos mis mandamientos" (Deuteronomio 5:29). Esto es, la ley pide al hombre algo que él no tiene ni deseos ni poder de llevar a cabo. Necesita una nueva vida. ¿Por qué entonces dio Dios la ley? Bien, si se le pregunta a mucha gente se podrá ver que no creen lo que Dios dice acerca de nosotros, y le fue preciso mostrarnos la realidad.

Dios dice: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso" (Jeremías 17:9). El apóstol Pablo dijo: "Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien" (Romanos 7:18). En nuestro estado natural no hay nada para Dios. Nuestros corazones están en enemistad contra Dios, como la Biblia dice: "Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden" (Romanos 8:7).

¿Qué era lo que demostraba la ley, y por qué fue escrita en tablas de piedra? El hombre tiene un corazón de piedra, y Dios sabía que no podría vivir en conformidad a los mandamientos, pero el hombre pensaba que sí podía. Si yo tengo un hijo, y hay una pesada maleta que él cree que puede llevar, ¿cómo puedo demostrarle que no puede? Dándole una oportunidad para que lo intente. Israel pensaba que podría cumplir las demandas de Dios, porque dijeron: "Todo lo que Jehová ha dicho, haremos" (Éxodo 19:8). Pero fracasaron miserablemente, como ha sucedido con todos nosotros.

Ahora bien, lo que el Señor nos muestra aquí en Juan 3 es que debe haber una obra de Dios en el alma. Ya se ha llevado a cabo una obra de Dios por nosotros en la cruz del Calvario, pero se tiene que llevar a cabo una obra dentro de nosotros por cuanto el corazón natural del hombre nunca responderá a las demandas de Dios. El Señor le dice a Nicodemo que tiene que nacer de nuevo-- que debe nacer de arriba. Tiene que recibir una nueva vida, y Dios emplea Su preciosa Palabra aplicada por el Espíritu de Dios para llevar esto a cabo. Se hace muy claro en 1 P 1:22, 23: "Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, ... siendo renacidos ... por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre". Antes éramos pecadores que teníamos sólo una naturaleza caída de pecado, pero cuando Dios introduce Su Palabra en el alma mediante el poder del Espíritu de Dios, somos renacidos, recibiendo una nueva vida de Dios. Es por esto que ahora deseamos cosas diferentes.

Esto, no obstante, no es el mejoramiento de aquella naturaleza caída en nosotros. Dios no la mejora, sino que la condena, como aprendemos en Romanos 8:3: "Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne". Él perdona nuestros pecados, pero no la naturaleza que nos lleva al pecado. Ésta permanecerá con nosotros durante todo el tiempo que estemos en este cuerpo. Incluso si uno ha estado salvado durante cincuenta años, la naturaleza caída no ha mejorado ni una brizna, y nunca lo hará. Es por esto que los cristianos pecan. Dejan que la naturaleza caída actue. Con la ayuda del Señor examinaremos otras Escrituras, posteriormente, con respecto al camino que Dios da para la liberación.

Nicodemo debiera haber sabido, como maestro en Israel, que toda la historia de ellos como nación demostraba que después de todo lo que Dios había hecho por ellos como nación, el corazón de piedra de ellos estaba sin cambios. En un día futuro, cuando finalmente Dios los introduzca en bendición, Él quitará "el corazón de piedra de en medio de su carne, y", añade el Señor, "les daré un corazón de carne" (Ezequiel 11:19). Entonces "nacerá una nación de una vez" (Isaías 66:8). Cuando Nicodemo preguntó en nuestro pasaje: "¿Cómo puede hacerse esto?" el Señor puso ante él dos cosas muy importantes. Primero, le habló de la gloria de Su Persona, porque mientras estaba hablando con Nicodemo Él estaba al mismo tiempo en el cielo, tal como dice: "Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo" (Juan 3:13).

Él es Dios así como hombre, y el valor de Su obra se debe a la gloria de Su Persona. Es debido a que Él es Dios que Él puede ser nuestro Salvador (Isaías 43:10, 11). Luego se refiere a Su obra en la cruz como el Hijo del Hombre levantado allí por pecadores. No hay bendición para el hombre caído aparte de estas dos cosas, y es por ello que después de esto el Señor Jesús pronunció estas benditas y maravillosas palabras: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:16).

Vemos así cómo el Señor ponía ante Nicodemo la necesidad de nacer de nuevo, la necesidad de recibir una nueva vida, y también cómo le mostraba que la vieja naturaleza no puede ser mejorada. La vieja naturaleza recibe el nombre de "el viejo hombre". Véase Efesios 4:21-24: "Si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad". También en Colosenses 3:3-4: "Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria". Luego otra vez en 1 Juan 3:9: "Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios". Ahora bien, en el evangelio de Juan, capítulo 3, hemos visto la necesidad del nuevo nacimiento, y aquí, en estos pasajes que hemos considerado, vemos que Dios habla de "el viejo hombre" y del "nuevo hombre".

¿Cuál es el resultado de haber nacido de Dios? Bien, tras haber puesto tu confianza en el Señor Jesucristo, tu cuerpo viene a ser como una casa con dos ocupantes. Antes, tenías sólo una naturaleza, la caída, con la que naciste en este mundo. Pero el Señor Jesús dijo que si no nacemos de nuevo no podemos entrar jamás en el reino de Dios. Así que cuando ponemos nuestra fe en Él, Él nos da una nueva vida, y aquella vida, como se nos dice en los pasajes que acabamos de citar, es creada "en la justicia y santidad de la verdad". Es la vida de Cristo, y no puede pecar. ¡Qué cosa tan maravillosa! Ahora bien, ello no significa que "el viejo hombre" haya mejorado, porque sigue estando "viciado conforme a los deseos engañosos", como acabamos de leer. Siempre actua de la misma manera, porque "lo que es nacido de la carne, carne es", y nuevamente el Señor dijo: "El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha" (Juan 6:63). Podemos ver que si el "viejo hombre" (el antiguo ocupante) toma el control de nuestros cuerpos, entonces pecamos. No es que Dios excuse esto, sino que Él provee para nuestra restauración. Dios ha emprendido nuestra liberación, tanto con respecto a nuestros pecados como con respecto a la naturaleza que los produce, y Él desea que conozcamos Su provisión llena de gracia y que nos regocijemos en ella.

En Romanos 6 se nos explica lo que Dios ha hecho en relación con nuestra vieja naturaleza, en ocasiones llamada "la carne", "el viejo hombre" y "pecado" o "pecado en la carne". En el versículo 6 se nos dice: "Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él ... a fin de que no sirvamos más al pecado". El pecado es la raíz, y los pecados son el fruto, como un manzano y las manzanas que crecen en él. La naturaleza de un manzano es producir manzanas. Uno puede quitar de él todas las manzanas, pero al año siguiente volverá a producir manzanas, porque no se ha cambiado la naturaleza del árbol. El Señor Jesús "llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero" (1 Pedro 2:24). Pero fue necesario que Él hiciera algo acerca de aquel "viejo hombre" que me llevaba al pecado. Aquí encontramos lo que Él ha hecho: "Nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él", de modo que vemos que llegó a su fin delante de Él en Su muerte. El bautismo es la figura de esto, como se dice: "Sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo" (versículo 4). El "viejo hombre" ha sido "condenado" (Romanos 8:3), "crucificado" (Romanos 6:6) y "sepultado" (Romanos 6:4). En la cruz del Calvario el Señor Jesús no sólo llevó mis pecados, sino que Su muerte fue el fin de mi posición delante de Él como hijo de Adán, porque hemos muerto a aquella posición, y hemos entrado en una nueva posición delante de Él mediante la resurrección del Señor Jesús (Romanos 6:9-11).

Quizá podríamos ilustrar esta nueva posición mediante un cambio de ciudadanía. Como ciudadano del país en el que has nacido pasas la frontera a otro país, y tienes que declarar tu ciudadanía.

Supongamos ahora que fueras a cambiar tu ciudadanía y fueras aceptado, naturalizado, como ciudadano de otro país. Entonces, al cruzar la frontera, tendrías una posición totalmente diferente a los ojos del funcionario de inmigración. Por lo que a él respecta, tú ya no existes en tu antigua posición, y vives en una nueva posición y naturaleza.

Ahora Dios te ve en una posición diferente por cuanto has nacido de nuevo y entrado en la familia de Dios. Aunque sigas teniendo al "viejo hombre" dentro de ti, con los "dos ocupantes" en tu cuerpo, Dios te ve sólo en esta nueva posición que ocupas delante de Él. Te ve como una persona que has muerto a tu antigua posición, y como siendo "nueva criatura en Cristo" (véase 2 Corintios 5:17).

Ahora Dios nos muestra el lado práctico de esta verdad en los versículos que siguen. Debemos considerarnos muertos al pecado, pero vivos a Dios (versículo 11). Antes de ser salvos, nuestras manos hacían lo que la naturaleza caída quería hacer, y nuestros ojos miraban a aquellas cosas que nuestra naturaleza caída (el viejo hombre) quería ver, porque nuestros cuerpos estaban bajo el control de aquel "hombre viejo". Ahora Dios ha dado una nueva vida al creyente, el "nuevo hombre" que quiere complacerle, y Él dice, "consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios". Ahora, cuando se nos presente la tentación, podemos decir: "No, estamos muertos a estas cosas que la naturaleza caída quiere hacer".

Podemos presentar los miembros de nuestros cuerpos para que hagan lo que el "hombre nuevo" quiere hacer, cosas que agradan al Señor. Aquí se debe decir que si no tienes ningún deseo de agradar al Señor no eres en absoluto un creyente, porque si has nacido de nuevo tienes dentro de ti la misma vida de Cristo. ¡Ah, tú dirás, en ocasiones quiero hacer lo que está mal! Pero no es la nueva vida la que quiere hacer lo que está mal, sino que se debe a que estás dejando al "viejo hombre" (el antiguo ocupante) mostrar actividad. Dios dice: "Consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro". El "viejo hombre" no tiene ya derechos algunos en el cuerpo. Dios dice que estamos muertos al pecado, y así leemos en 2 Corintios 4:10: "Llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal".

Muchos cristianos abrigan dudas acerca de su salvación porque no han sido enseñados "conforme a la verdad que está en Jesús" (Efesios 4:21). Se ven sorprendidos que después de ser salvos siguen queriendo hacer aquellas cosas que están mal. Así que Satanás les dice: "Quizá no sois salvos, porque algunos de aquellos viejos deseos siguen ahí". Pero, ¿no dijo el Señor, "lo que es nacido de la carne, carne es"? (Juan 3:6). Y el apóstol Pablo tuvo que decir: "En mí, esto es, en mi carne, no mora el bien" (Romanos 7:18). Seguía teniendo consigo la naturaleza caída, incluso después de haber sido salvo todos aquellos años.

En el capítulo 7 de Romanos se examina toda la cuestión de este conflicto de una forma práctica. La persona contemplada en este capítulo está tratando de lograr la liberación bajo la ley. Ha "nacido de nuevo", y posee una nueva vida, pero no se encuentra en el goce de su nueva posición. El Espíritu de Dios usa esto para mostrarnos el camino de la liberación de la ley y del "viejo hombre". A todo lo largo del capítulo hasta llegar al versículo 18 esta persona está llamando "yo" al viejo hombre, y en otro punto llama "yo" al nuevo hombre. Es por esta razón que tiene este conflicto, porque piensa que "los dos ocupantes" tienen los mismos derechos: pero no los tienen. El "viejo hombre" debe ser considerado muerto. El "nuevo hombre" es el único ocupante legítimo. Debemos reconocer que el "nuevo hombre" es el único con derecho a decir lo que se hace en el cuerpo, y que este "nuevo hombre" es la vida de Cristo.

Hay tres cosas importantes que se exponen aquí. Primero, tenemos que aprender esta gran e importante lección, de que "en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien" (versículo 18). ¿Te ha sucedido haber tenido un mal pensamiento acudiendo a tu mente, y luego decir de inmediato, "nunca pensé que un cristiano pensaría una cosa así"? Ahora bien, si realmente creyeras este versículo, no te sorprenderías, porque la vieja naturaleza (el viejo hombre) no ha cambiado desde que fuiste salvado. Tenemos que aprender esto. Tenemos que hacernos conscientes de ello. El enemigo de nuestras almas que obra sobre aquel "viejo hombre" intenta perturbarnos suscitando malos pensamientos ante nosotros, y la vieja naturaleza responde. Alguien dijo que su viejo reloj nunca lo desengañó, porque nunca se fió de él. ¿Confías tú en tu vieja naturaleza porque eres salvo? ¿Crees que te puedes exponer a las tentaciones confiadamente? La Biblia dice: "El que confía en su propio corazón es necio" (Proverbios 28:26). La vieja naturaleza no mejora, nunca. Recuerda lo que aquí se dice: "en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien". ¿Y quién lo estaba diciendo? El amado apóstol Pablo, uno de los más piadosos hombres que jamás hayan vivido, porque su "viejo hombre" no era mejor que el de ningún otro creyente.

Ahora observemos el segundo punto en el versículo 20. "Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí". Había él aprendido que no había nada bueno en la carne (el viejo hombre), pero aquí hay algo maravilloso a lo que aferrarse. Él no reconoce ya más al "viejo hombre" como siendo "yo". Ilustrémoslo de la siguiente manera. Tenemos a una persona que ha sido salva desde hace poco, habiendo abandonado muchos pecados, porque está viviendo para agradar al Señor. Un día alguien le sugiere que haga algo de lo que hacía en sus tiempos en que no era salvo, y que sabe ahora que está mal. Él replica: "No, no quiero hacer esto ya más, porque soy cristiano". Después de rehusar, otra cosa sucede. Satanás le susurra: "No has dicho la verdad: Tú que querías hacer esto, y le has dicho a tu amigo que no querías". ¿Ha dicho este joven creyente una mentira? ¡No! ¡Ha dejado que el legítimo ocupante--el nuevo hombre-- respondiera a la puerta! ¿Quería acaso la nueva vida en él hacer aquello? ¡No! ¿Qué era lo que en él quería hacerlo? Bien, él podía decir: "Ya no soy yo, es el pecado que mora en mí". Seguimos teniendo la vieja naturaleza, pero deberíamos dejar que el "nuevo hombre" conteste a la puerta. Sí, dijo la verdad, porque el "viejo hombre" ya no es más el "yo", sino que es el "nuevo hombre" el verdadero "yo", la "vida de Jesús" en cada creyente, una vida que siempre agrada a Dios, y que no puede pecar. Deja tú que sea siempre el "nuevo hombre" el que tome las decisiones, y serán las decisiones correctas, porque aunque el "viejo hombre" siga en nosotros, nunca mejorado, ya no es más "yo". ¡Qué bendita liberación!

Llegamos ahora al tercer punto en los versículos 22-25. "Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro". Incluso conociendo los dos puntos que hemos estado considerando, dice que el conflicto permanece, y añade que quiere agradar al Señor, pero que este conflicto le hace sentirse muy desdichado. Esta naturaleza caída sigue tratando de arrastrarme a las cosas que están mal. Pero después de decir "¡Miserable de mí!", añade, "¿QUIÉN me liberará?" Mira fuera de sí mismo hacia el Señor Jesucristo para obtener la liberación, y recibe entonces la respuesta en el acto. Entonces comienza la acción de gracias. Esto es de gran importancia. ¿Has tratado de luchar contra los malos pensamientos, sólo para ver que volvían con más intensidad? ¡Con razón se ha dicho que uno puede ensuciarse tanto luchando contra un deshollinador como abrazándolo! ¿Qué es lo que está Dios diciéndonos aquí? Podemos volvernos de estos malos pensamientos que vienen a través del "viejo hombre" y dejar que el Espíritu de Dios, por medio del "nuevo hombre", ocupe nuestras mentes con Cristo. Podemos dar gracias a Dios que por medio de la obra del Señor Jesús hemos sido traídos a una nueva posición delante de Él, en la que podemos considerarnos muertos ciertamente al pecado, y donde el nuevo hombre halla su gozo y liberación apartando su mirada de sí mismo y dirigiéndola a Cristo.

Usemos una ilustración que nos sirva de ayuda para aclarar este punto. Supongamos que he decidido construir un garage para mi automóvil, y que tengo un montón de tablones de madera que he guardado para ello. Decido contratar a un carpintero para que me lo levante, y le pido que emplee esta madera para ello. Va a mirar el montón de tablones, y al cabo de un rato vuelve diciendo: "He estado examinando su montón de madera, y tengo malas noticias para usted. Todos los tablones están podridos. No hay ni un tablón sano en toda la pila". ¿Qué hizo él? No intentó mejorar el material. ¡No! Lo condenó. Nótese el versículo 3 de Romanos 8, y se verá que esto es lo que Dios ha hecho con nuestra vieja naturaleza--el "viejo hombre": "Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne". Mi carpintero condenó el montón de tablones de madera, pero luego dijo: "Tengo buenas noticias para usted. Le he traído toda la madera buena que necesita para construir su garage, y no le costará nada. Es de regalo". Me había sentido muy contrariado cuando me dijo que mi viejo montón estaba podrido, porque me había fiado de aquel material, pero ahora paso de la contrariedad al agradecimiento. Le digo: "¡Muchas gracias!" ¿Puedes ver ahora el sentido de estos versículos en Romanos 7: "¡Miserable de mí!", y luego, "Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro" (versículos 24, 25)? He apartado la mirada del yo a Cristo, y regocijándome en lo que Él ha hecho, me siento lleno de gratitud.

Ahora bien, todos tenemos aquel montón de "madera podrida" dentro de nosotros, el "viejo hombre", y algunos cristianos se hacen unos desdichados a sí mismos al pensar acerca de ello, y de cómo sigue queriendo asumir el control de sus cuerpos. Miremos fuera del yo, y demos gracias que Dios nos ve "en Cristo". "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (Romanos 8:1). ¿Te estás condenando a ti mismo porque tienes una naturaleza caída? Dios dice que Él nos ve "en Cristo Jesús" y "santos y sin mancha delante de Él" (Efesios 1:4). Es en verdad un triste descubrimiento hallar cuán verdaderamente mala es nuestra vieja naturaleza, pero ello sólo debiera llevarnos a ser tanto más agradecidos por nuestra liberación, conociendo nuestra nueva posición delante de Dios gracias a aquella bendita obra consumada por nosotros en el Calvario.

Llevemos un poco más allá la ilustración acerca del carpintero. Después de haberse ido, comienzo yo a pensar en aquel viejo montón de madera. ¿Estará de verdad toda podrida? Quizá haya algo de madera buena en el montón. Me dirijo allí, y comienzo a deshacer el montón para ver si algunas piezas no están podridas, porque había estado contando con aquella madera durante mucho tiempo. Entonces llega el carpintero y me pregunta qué estoy haciendo. Le explico lo contrariado que me sentí cuando me dijo que todo el montón estaba podrido. Pensaba que debía haber algunos trozos buenos allí. "Oh", dice él, "se está incomodando usted por nada. ¿Por qué no dar gracias por el nuevo montón de madera, en lugar de buscar algo de bueno en el montón viejo?" ¿Estás tú, querido lector, buscando algo bueno en la vieja naturaleza? Dios la abandonó hace mucho tiempo, y si tú la abandonas ahora serás una persona más feliz. El carpintero trae entonces una lona y la echa sobre el montón de madera. Naturalmente, no mejorará bajo lona, sino que me dice que considere simplemente que no está ahí. Esto es lo que es "consideraos muertos al pecado" (Romanos 6:11). Podemos decir que la vieja naturaleza--el "viejo hombre"-- es "ya no ... yo, sino el pecado que mora en mí". Nuestra posición está en Cristo delante de Dios.

¿Cómo podemos ser liberados de la actividad de aquella naturaleza caída en nosotros? Esto nos es explicado en Romanos 8:2: "La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte". Si sostengo un libro en la mano, y luego lo suelto, la ley de la gravedad lo hará caer. ¿Cómo puedo liberarlo de esta ley sin cambiar la ley ni el peso del libro? Si lo ato a un globo de helio, veríamos al libro levantándose. No he cambiado la ley de la gravedad ni el peso del libro, pero he introducido una nueva ley. El helio es más ligero que el aire. De esta manera el libro ha quedado libre de las ataduras de la ley de la gravitación. Apliquemos esto a nuestras propias vidas. Cuando algún mal pensamiento entra en tu mente, ¿cómo vas a liberarte? No puedes cambiar la naturaleza caída. Siempre obra de la misma manera. No hay en ella nada bueno. Pero si dejas que el Espíritu de Dios, por medio del nuevo hombre, te ocupe con Cristo, serás liberado. El Espíritu de Dios obrando sobre el nuevo hombre llenará tu corazón con Cristo. Te dará a ver lo que Cristo ha hecho por ti, lo que Él está haciendo ahora por ti como tu Gran Sumo Sacerdote y Abogado, y lo que Él va a hacer por ti cuando te haga eternamente dichoso en la casa del Padre. Así que cuando este mal pensamiento acuda a tu mente, recuerda que no puedes cambiar la naturaleza caída, pero que puedes dejar que el Espíritu de Dios obre sobre el nuevo hombre. Piensa en lo que tienes en Cristo. Regocíjate en el hecho de que Dios te ve en Cristo. Esta es la única manera de ser liberado de la actividad del viejo hombre interior. De nada sirve tratar de luchar contra aquellos malos pensamientos, porque volverán. Es como luchar contra un deshollinador. Apártate de ellos, dando gracias por el camino de liberación de Dios, y regocíjate en el Señor.

¡Qué maravilloso es saber que Dios no sólo ha perdonado nuestros pecados sino que ha condenado la naturaleza caída! Fue crucificada con Su Hijo. Él nos ve en una nueva posición delante de Él, de "no condenación", muertos y resucitados con Cristo. ¡Regocijémonos! ¡Demos gracias! Él nos ha dado una nueva vida, la misma vida de Cristo que tendremos para siempre en el cielo. Cuando tu naciste de nuevo recibiste aquella nueva vida. Naciste de arriba y el nuevo hombre es creado en justicia y verdadera santidad. Dios quiere que como cristiano vivas una vida de santa libertad y gozo en la posición en la que Él te ha traído a ti.

No estamos hablando en este momento de lo que un creyente debiera hacer si permite que aquella naturaleza pecaminosa actúe, sino simplemente de lo que Dios ha hecho con respecto a la vieja naturaleza del creyente. Pero será útil añadir unas observaciones acerca de esto último. Si cedemos al pecado en nuestras vidas, Dios nos ha proveído de un Abogado, Jesucristo el justo (1 Juan 2:1), y debemos acudir confesando nuestro pecado, reconociendo que hemos permitido actuar al "viejo hombre". Esto no es para restaurar nuestra posición delante de Dios, porque ésta es siempre "en Cristo", sino para ser restaurados a la comunión con Dios en nuestras almas.

¡Cuán plena es la provisión que se ha hecho de nuestras necesidades en Cristo!.

Es de suma importancia que leamos la Palabra de Dios y que nos dediquemos a la oración, porque si descuidamos esto, el enemigo conoce nuestros puntos flacos, y vendrá para trabajar sobre el "viejo hombre", conduciéndonos al pecado. Esto nos privará de nuestro gozo en el Señor, y si no confesamos los pecados pequeños pronto crecerán a pecados mayores, por lo cual podemos quedar bajo la mano disciplinadora del Señor, o incluso bajo la disciplina de la asamblea de Dios. No se nos demanda que confesemos malos pensamientos, porque el acto de apartarnos de ellos es la manera en que los juzgamos, pero si los permitimos en nuestras vidas, entonces tenemos que confesar nuestros pecados a fin de ser restaurados (1 Juan 1:9).

Un verdadero creyente nunca puede perderse, pero sí puede, como David en la antigüedad, perder el gozo de la salvación de Dios y deshonrar al Señor. La oración del salmista es buena para nosotros: "Líbrame de los [errores] que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí; entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión. Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía, y redentor mío" (Salmo 19:12-14).

 


CONVERSIÓN

 

En un sentido general el paganos serían " convertidos " cuando abandonan el mundo y abrazan la fe cristiana; y en un sentido más especial convierten a los hombres cuando, por la influencia de la tolerancia divina en sus almas, su vida entera es cambiada, las viejas cosas pasan lejos, y todas las cosas llegan a ser nuevas

 

LA CONVERSIÓN ES UN ACONTECIMIENTO Y UN PROCESO.

 Significa la acción del Espíritu Santo sobre nosotros por cuál nos mueven para responder a Jesús Cristo en la fe. También incluye el trabajo de continuación de del Espíritu Santo dentro de nosotros que nos purifican discordia, remoldemos en la imagen de Cristo. Este trabajo de la purificación se logra como nosotros arrepentidos y se aferra en Cristo de nuevo.

Una vez más la conversión es personal y social. Mientras que básicamente los connotes un cambio en nuestro lazo con el dios, él indica en el mismo tiempo una alternancia en nuestras actitudes hacia nuestros seres humanos del compañero. La conversión es un acontecimiento espiritual con implicaciones sociales lejos que alcanzan. Exige el validar de Cristo no solamente como salvador del pecado pero también como señor de toda la vida.

Finalmente, la conversión se debe considerar como el principio de nuestra subida a la perfección cristiana. Cuál es necesario no es una segunda conversión por la cual tal perfección es asegurada solamente la continuación y el mantener de una conversión que nunca se termine en esta vida. La teología evangélica en la tradición de la reforma afirma que podemos hacer progreso hacia la perfección, pero podemos nunca lograrla como meta observada. Incluso la necesidad convertida repentina, incluso la necesidad santificada de dar vuelta otra vez a Cristo y de ser limpiado de nuevo.

Isaías 6:10 Haga el corazón de este pueblo gordo, y haga sus orejas pesadas, y cierre sus ojos; A menos que vean con sus ojos, y oigan con sus orejas, y entiendan con su corazón, y convierten, y sean curado.

 

Isaías 6:10 Embota el corazón de este pueblo, endurece sus oídos y ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos ni oiga con sus oídos ni su corazón entienda, ni se convierta y haya para él sanidad.

 

Este concepto fue reformulado por Cristo.

 

Mateo 13:15 porque el corazón de este pueblo se ha entorpecido, y con los oídos oyen pesadamente, y han cerrado sus ojos; para que no vean con los ojos, ni oigan con los oídos, ni con el corazón entiendan, ni se conviertan y yo los sane".

 

Marcos 4:12 para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; para que no se conviertan y les sean perdonados los pecados.

 

 

La verdad, así, proviene de Dios como un aspecto indispensable de la acción humana en el incumplimiento de la ley y la acción del pecado.

 

Salmo 19:7  La ley de Jehová es perfecta: convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel:  hace sabio al sencillo.

 

Ésta es la introducción del concepto en el Antiguo Testamento. El concepto es fundamental para la salvación. Sobre todo requiere una acción del individuo basada en la verdad revelada de Dios. Dios también hace evidente que el proceso está controlado. Las personas vienen a Dios basadas en sus habilidades para actuar sobre Su verdad y hacerla una parte indispensable de sus vidas.

 

Este nexo con la verdad es desarrollado por Santiago. 

 

Santiago 5:19-20 19 Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad y alguno lo hace volver, 20 sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma y cubrirá multitud de pecados.

 

La palabra conversión en griego es epistrepho que quiere decir revertir o cambiar de dirección otra vez. La palabra aquí es utilizada como la palabra raíz en Hechos 15:3 que narra la conversión de los Gentiles, que es epistrophe queriendo decir la reversión en el sentido de revolución de los Gentiles.

 

Hechos 15:3 Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos.

 

Este proceso es usado para la palabra hebrea en Isaías que es shoob. Ésta es una raíz primaria que quiere decir volver. De esta manera, la verdad debe haber sido dada una vez a todas las naciones a fin de que pudiesen regresar a esa verdad.

 

Este establecimiento en la verdad ocurrió con Noé y la refundación del mundo sin contaminación. La lección significativa es que las personas no quieren saber la verdad o actuar sobre ella, o ser obligados en la verdad. Por esto los conceptos y las personas son negativamente descontados. La mente no convertida no puede exprimirse correctamente sobre ningún asunto. El proceso de atacar al individuo en vez de examinar lo que se dice es esencialmente un estado de espíritu del no convertido.

 

Judas 1:9 Pero cuando el arcángel Miguel luchaba con el diablo disputándole el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda.

 

Esta forma de pensar ha sido instilada en las Iglesias de Dios sobre todo por el procedimiento de control de la mente desarrollado con el paso del tiempo por las falsas religiones.

 

 

 

La aptitud para liberarse de esta programación es ayudada por Dios en el proceso del llamado, el cual involucra la compulsión por la lógica basada en la verdad, tal como va quedando de manifiesto para el converso o la mente que se está convirtiendo. La mente que no desea entender y actuar sobre la verdad de Dios es no convertida y no convertible. La enseñanza de la verdad de Dios y del error de trasgresión es parte de ese proceso.

 Salmo 51:13 Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos y los pecadores se convertirán a ti.

 

El proceso de conversión es esencialmente el proceso de devolver todas las cosas a Dios. Regresar a Dios es el proceso de transformarse en niños.

 Mateo 18:3 y dijo: De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

 La palabra aquí es strepho que quiere decir (fortalecido por) retorcimiento. De esta manera, quiere decir convertirse girando o cambiando de dirección.

 Transformarse en un niño no quiere decir consentimiento irreflexivo. Los niños son caracterizados por dos aspectos. El primero es una curiosidad insaciable. La pregunta ¿Por qué? se hace más a menudo durante la infancia que en cualquier otro momento. El segundo aspecto es la capacidad de confiar o de creer en la veracidad de lo que está contenido en el modelo. Así la fe en la revelación de Dios en la Biblia se convierte en una parte indispensable de la comprensión. Eso no implica la aceptación incondicional de lo que los hombres dicen que la Biblia dice, sino más bien, de lo que realmente dice. El proceso de establecer la verdad se aplica a la traducción también.

 El proceso de conversión requiere arrepentimiento, tal como ya se ha previamente explicado.

Hechos 3:19 Así que, arrepentios y convertios para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de consuelo.

 

El momento del refresco es el proceso del llamado del elegido y luego la restauración del planeta. El proceso, entonces, es el del entendimiento del pecado y luego el otorgamiento de arrepentimiento. La conversión es el proceso que involucra apartarse del error. Nadie puede permanecer en el error y pretender estar convertido. La aptitud para cambiar y para superar el error es conferida por el Espíritu Santo. De esta manera, es imposible vencer al mundo sin el Espíritu Santo. La batalla es una batalla espiritual y el ser humano está sujeto a un amo o al otro. Los humanos no pueden estar alejados del proceso; o sirven a Dios o sirven a la Hueste caída. Para servir a Dios uno debe ser compelido por la verdad.

 

2Juan 1:1-4 1 El Anciano, a la señora elegida y a sus hijos, a quienes yo amo en la verdad; y no solo yo, sino también todos los que han conocido la verdad, 2 a causa de la verdad que permanece en nosotros y estará para siempre con nosotros: 3 Sea con vosotros gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo, Hijo del Padre, en verdad y en amor. 4 Mucho me regocijé porque he hallado a algunos de tus hijos andando en la verdad, conforme al mandamiento que recibimos del Padre.

 

2Tesalonicenses 2:10-12 10 y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. 11 Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean en la mentira, 12 a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia.

 

 


EL DISCÍPULO

 

Cuando se hizo  de día, llama a sus discípulos y escogió doce de ellos, a los que también dio el nombre de apóstoles.

LUCAS 6:13

 

INTRODUCCIÓN

 

A través de todo el ministerio terrenal de nuestro señor Jesucristo, se da mucha importancia, a la relación con los discípulos. Debido a que constantemente escuchamos la palabra  discípulo es importante que entendamos y participemos en esta maravillosa tarea. En nuestra misión, existe un área específica denominada discipulado, muchos pueden pensar que es simplemente un área de trabajo. Para comprender mejor que es ser discípulo o que es el  discipulado, señalaremos algunas definiciones, las cuales son verdades inconclusas.

 

El discipulado es un área de trabajo de la iglesia.

Una reunión donde se aprende temas doctrinales.

Una reunión de amistad.

Existen diferentes opiniones acerca de este tema, pero que significa para nosotros el Discipulado a la luz de la palabra de Dios.

 

LA INSTITUCIÓN DEL DISCIPULADO

 

Mateo 28:19… Id y Haced Discípulos… Esta es una orden dictaminada por Jesús con el objeto de hacer discípulos a quienes han creído en el, siendo preparados en su vida espiritual para agradar a Dios. Esta ordenanza es urgente llevarla a cabo y desarrollarla en forma constante; concluimos entonces, que el Discipulado es instituido por el Señor (no es una invención humana)  y que todo cristiano debe sentir la necesidad de participar en el, aprendiendo y enseñando.

 

QUE ES UN DISCÍPULO

 

La palabra griega que se traduce es MATHETHE que literalmente significa Un aprendiz. Es alguien que sea comprometido en tomar la forma de la persona que le esta enseñando. En nuestro caso  debe ser adquirir la forma de Jesucristo, aprovechando todo lo que el nos enseña apara nuestro beneficio; así podemos comprender que el ser discípulo, va mas allá de aprender un tema o tener un privilegio. El ser discípulo  de cristo significa estar comprometidos, aprendiendo durante nuestra existencia aquí en la tierra, pero sobre todo; poniendo por obra sus enseñanzas (Mt. 28:20; Jn.8:31). Podemos entonces definir el discipulado como una obra de Dios, en la cual somos constantemente enseñados por nuestro maestro (Jesucristo) a través del Espíritu Santo, habiéndonos comprometidos a vivir lo que estamos aprendiendo. Con este propósito  el señor se vale de muchas formas, tales como la palabra escrita, el Espíritu santo, los Ministerios, las circunstancias de la vida diaria, etc.

 

 

CARACTERÍSTICAS DE UN VERDADERO DISCÍPULO

 

Alguien que ha creído en Cristo no necesariamente  es un discípulo, un verdadero discípulo del Señor, debe reunir ciertas características que son:

 

Debe tener un llamado a ser discípulo (Lc. 6:13)

Se ha comprometido a obedecer a pesar de sus propios deseos (Mt. 8:19-22).

Permanece en su palabra (JN. 8:31).

Lleva mucho fruto (Jn. 15:5).

Aunque tiene otras obligaciones o necesidades, su prioridad es agradar a su maestro (Lc. 9:57-62).

 

NIVELES DE DISCIPULADO

 

 

DE MULTITUDES

 

Cuando el Señor enseñaba a las multitudes ( Lc. 5:1-11) ejercía una tarea muy amplia, puede parecer que de esta manera no se puede discipular, sin embargo, el aprovecho todas las ocasiones para enseñar, sanar, obrar milagros, etc.

 

 DE SETENTA

 

Cuando el señor  comisiona a setenta se ve un nivel más de discipulado y en donde los envía de dos en dos.

 

DE LOS DOCE

 

En el pasaje citado anteriormente (Lc.5), advertimos que sus discípulos, se acercaron a El, por su contexto, sabemos que el los llamo de entre las multitud para que le siguieran de cerca, llamándoles posteriormente apóstoles, es otro nivel de discipulado donde la relación es mas estrecha.

 

 DE LOS TRES

 

El nivel de discipulado que nos llama la atención es el que tuvo con tres de sus discípulos Pedro, Jacobo y Juan, solo ellos, presenciaron los momentos mas cruciales en el ministerio terrenal del Señor: la Transfiguración y la agonía del monte de los Olivos.

 

DE UNO

 

Finalmente para mostrarnos que se puede discipular en forma individual surge así el ultimo nivel, el que sostuvo con juan “el que se recostaba en su pecho”. Recuerde que es precisamente a quienes los demás discípulos piden que pregunte en la cena de la pascua quien iba a entregarle, ellos mismos reconocían su relación mas estrecha con Jesús.

 

 

LA VISIÓN DISCIPULADORA EN NUESTRA CONGREGACIÓN

 

El área de discipulado obedece al mandato del Señor funcionando con la misión de trasmitir la Doctrina apostólica, enseñándole a los discípulos a guardar  la palabra. Con este propósito se hacen reuniones en hogares de grupos pequeños a fin de  aprovechar al máximo el estudio de la Palabra, ya que no es un culto o un servicio evangelistico; conviviendo con los hermanos miembros de la misión en el partimiento del Pan y en la Oración. Sentir la necesidad de ser discipulado dará  como resultado un crecimiento espiritual, siendo preparados por parte del señor para ejercer la obra del Ministerio. El estudiar la Palabra en los discipulados es como el óleo (Revelación) que desciende sobre la cabeza (Apóstol), hasta llegar al borde de sus vestiduras (Ministros), cubriendo de esta manera todo el cuerpo (Sal. 133).

 

LA FUNCIÓN DEL DISCIPULADOR

 

El discipulador debe cumplir  las funciones de alimentar y cuidar a los discípulos, convirtiéndose en los brazos del Pastor. Esta visión es encomendada a hombres que deben ser idóneos (2 Ti. 2:2) y fieles; a las coberturas que Dios a dejado (Ef. 3:11) y a las doctrinas, sin contender con ellas (2 Ti. 2:14)

 

ALIMENTAR A LOS DISCÍPULOS

 

El discipulador debe cumplir   con lo que dice el apóstol  Pablo a Timoteo, Procura con diligencia presentarte a Dios  aprobado, como obrero que no tiene de que avergonzarse, que maneja con precision la palabra verdad (2 Ti. 2:15).

Aprobado ante Dios tiene que estar en una constante entrega de su voluntad, permitiendo que el Espíritu Santo haga la obra de regeneración en su vida. Que no tienen que avergonzarse, es cuando esta dando buen testimonio delante de los demás; siendo ejemplo dentro de sus ovejas.

 

El manejar con precisión la palabra verdad, es su preparación para poder llevar  buen alimento a sus discípulos.

 

CUIDAR A LOS DISCÍPULOS

 

No es nada mas llegar al discipulado a impartir una enseñanza, es preocuparse de los discípulos. La figura la encontramos en David, el se preocupaba  de cuidar sus ovejas del ataque de las fieras Pero David respondió a Saúl: Tu siervo apacentaba las ovejas de su padre  y cuando en león o  un oso venia y se llevaba a un cordero del rebaño, yo salía tras el, lo atacaba, y lo rescataba de su boca; y cuando se levantaba contra mi, lo tomaba por la quijada, lo hería y  lo mataba ( 1 S. 17:34-35). El discipulador debe interceder por sus discípulos y pelear contra el que anda como león rugiente.

 

 

 

 

 

AMIGO

 

No a todos, pero a los más fervientes y virtuosos, aún en esta vida terrenal, Dios los caracteriza como a "Sus amigos," glorificándolos por medio de los dones del Espíritu Santo y los milagros. De la misma forma Jesucristo se dirigió a los apóstoles en la Última Cena: "Vosotros sois mis amigos, si hiciéreis las cosas que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; mas os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os he hecho saber" (Juan 15:14-15; Mat. 12:50). La santa historia nos ofrece una vasta cantidad de ejemplos de la cercanía espiritual, "la oración de los santos a Dios." Así, por ejemplo, Abraham pidió a Dios que Él tenga misericordia para la gente de Sodoma y Gomorra, y Dios estaba listo para cumplir su pedido, si por lo menos hubiesen existido diez virtuosos en esas ciudades (Gen. 18:16). Otra vez fue cuando Dios anuló el castigo a Abimelec, el rey de Gerar, por la oraciones de Abraham (Gen. cap. 20). La Biblia narra que Dios hablaba con el profeta Moisés cara a cara, "como un hombre que habla con su amigo." Cuando María, la hermana de Moisés, cometió un pecado y fue castigada por la lepra, Moisés rogó a Dios del perdón para ella (Éxodo 33:11; Núm. Cap. 12). Se puede también presentar otros ejemplos sobre la fuerza de la oración de los santos de Dios.

Los santos no impiden y no debilitan en la gente la necesidad de orar directamente a Dios, nuestro Padre Celestial. Como sabemos, los abuelos no disminuyen la autoridad de los padres sobre sus niños cuando tratan de ayudarles a educarlos. Mas nada alegra tanto a los padres que observar a los hermanos mayores preocuparse de la crianza de los menores.

Todavía en la tierra, veían y sabían todo aquello que para la gente común estaba cerrado. Especialmente estos dones tienen que ser muy bien conocidos para ellos en el momento de que se liberan del cuerpo físico y pasan al mundo espiritual más elevado. Por ejemplo, el apóstol Pedro pudo ver lo que sucedía en el corazón de Ananías; a Eliseo se le abrió la mala acción de Gizeo y, lo que es asombroso, que también se le abrieron todas las intenciones secretas de la corte del rey de Siria, las cuales él comunicó al rey de Israel. Algunos de los santos, a los cuales se les manifestaba en espíritu el mundo Celestial, veían muchedumbre de ángeles, otros eran dignos de contemplar la imagen de Dios (Isaías, Ezequiel); otros eran elevados hasta el tercer Cielo, y escuchaban misteriosas palabras, el sentido de las cuales no podía ser descrito, como en el caso del apóstol Paulo. Con más razón, estando presentes en el Cielo, ellos tienen la capacidad de saber todo lo que sucede aquí en la tierra y escuchar a todos aquellos que se dirigen a ellos, debido a que los santos en el Cielo se "igualan a los ángeles" (Hechos 5:3; 2 Reyes, cap. 4; 2 Reyes 6:12; Lucas 20:36). Por medio de la parábola del Señor sobre el "Rico y Lázaro," nosotros nos enteramos que Abraham, encontrándose en el Cielo, podía escuchar el llanto del rico que sufría en el infierno, a pesar del enorme precipicio que los separaba. Las palabras de Abraham: "tus hermanos tienen a Moisés y a los profetas, óiganlos," claramente nos informan que Abraham conoce la vida de la gente hebrea; los últimos aparecieron recién después de su muerte; también conoce a Moisés y sus leyes, sabe sobre los profetas y sus escrituras. Los ojos espirituales de los virtuosos en el Cielo, indudablemente son más amplios que eran aquí en la tierra. El apóstol escribe: "Ahora vemos por espejo, en obscuridad; mas entonces veremos cara a cara: ahora conozco en parte; mas entonces conoceré como soy conocido" (1 Cor. 13:12).

 Juan escribe: "Y miré, y oí voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los animales, y de los ancianos; y la multitud de ellos era millones de millones" (Apoc. 5:11). A continuación él describe las visiones de los jinetes, la gente que está rezando en el Cielo, los que sufren en la tierra: "Y otro ángel vino, y se paró delante del altar, teniendo un incensario de oro; y le fue dado mucho incienso para que lo añadiese a las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y el humo del incienso subió de la mano del ángel delante de Dios, con las oraciones de los santos" (8:3-4).

Confesaos vuestras faltas unos a otros, y rogad los unos por los otros, para que seáis sanos; la oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho" (Sant. 5:16), instruía el apóstol Santiago. La oración por el prójimo es una expresión de amor hacia él; y los santos en el Cielo, orando por nosotros, nos manifiestan su amor de hermandad y preocupación.

El apóstol Santiago llamaba a los cristianos para que ellos imiten con paciencia a los profetas antiguos y a Job, para recibir una fuerte fe como el profeta Elías. El apóstol Pedro instruye a las mujeres cristianas a tomar el ejemplo de humildad y obediencia de Sara, la esposa de Abraham. San Paulo indica unos ejemplos de los sacrificios de los virtuosos en la antigüedad, comenzando de Abel y terminando con los mártires de Macabeo, tratando de convencer a los cristianos para que ellos los imiten y concluyendo estas instrucciones con las siguientes palabras: "Por tanto nosotros también, teniendo en derredor nuestro una tan grande nube de testigos, dejando todo el peso del pecado que nos rodea, corramos con paciencia la carrera que nos es propuesta" (Hebr. 12:1; 1 Pedro 3:6; Sant. Cap. 5).

El Señor dice: "Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, mas sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mat. 5:15-16). Los santos son aquellas estrellas luminosas que nos indican el camino hacia el Reino de los Cielos.

Apreciaremos entonces la cercanía entre Dios y los santos y nos dirigiremos a ellos para que ellos nos ayuden, siempre recordando que ellos nos quieren y se preocupan de nuestra salvación. El conocimiento de la vida de los santos en nuestros tiempos es muy importante, especialmente cuando existen tantas orientaciones cristianas y el verdadero e ideal concepto cristiano es disminuido y tergiversado.

 

 


 

 

CONCLUSIÓN

 

 

2 Pedro 1-5

 

Todo cristiano a sido llamado para continuar en el proceso de su vida y nunca quedarse estancado, siempre experimentar y aplicar en su vida esa fe que tiene.

 

Virtud

Conocimiento

Dominio propio

Paciencia

Piedad

Afecto fraternal

Amor

 

Hay que recordar que en estas etapas de la vida en cristo, como cristianos  y como ministros de Dios hay que estar dispuestos a padecer por causa de la verdad y como resultado de permanecer fieles vamos a ser:

 

Perfeccionados

Afirmados

Fortalecidos

Establecidos


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